Un turista que se dirigía a La Quiaca reventó un neumático a la altura de la planta de energía solar. No hubo heridos, pero el episodio vuelve a exponer una realidad diaria: baches profundos, maniobras peligrosas y daños permanentes a vehículos.
El intendente de La Quiaca, Dante Velazquez, se encuentra en Capital Federal para presentar ante las autoridades de la Dirección de Vialidad Nacional un informe técnico y un reclamo formal por el deterioro de la Ruta Nacional Nº 9, arteria vital que conecta Argentina con Bolivia y sostiene turismo, comercio, educación y proyectos estratégicos como la zona franca y el corredor bioceánico.
La Ruta Nacional Nº 9, columna vertebral del norte argentino y puerta de enlace con Bolivia, está hoy en un estado que ya no se describe: se padece. La Puna viaja sobre cráteres. Los vehículos zigzaguean para sobrevivir. Y cada kilómetro sin mantenimiento erosiona no solo el asfalto: erosiona el futuro de La Quiaca, Abra Pampa y toda la región.
Radio Municipal registró en las últimas horas un testimonio que resume, con crudeza, lo que se vive a diario. A la altura de la planta de energía solar, un turista que circulaba rumbo a La Quiaca reventó una rueda tras esquivar varios baches y caer en uno de mayor profundidad. “Hay tránsito pesado, esto requiere mantenimiento… los baches hacen que los turistas vengan y revienten las ruedas”, describió el visitante, mientras vecinos y conductores se acercaban a ayudar con el cambio. Fue un susto, pero solo dejó daños materiales. La pregunta es cuánto falta para que no sea así.

El estado de la Ruta 9 ya no es una molestia: es un factor de riesgo sistemático. Los baches obligan a maniobras bruscas, invitan a los despistes y multiplican la probabilidad de siniestros. La lógica es simple: cuando una ruta obliga a conducir “a los saltos” y a invadir carriles para esquivar pozos, el accidente deja de ser una posibilidad y pasa a ser una estadística en construcción.
Lo más grave es lo que la ruta destruye “en silencio”: la competitividad regional. La Quiaca no puede hablar en serio de zona franca —industrial y minorista— si el principal acceso es una trampa de desgaste. No puede consolidar un corredor vertical de integración si la infraestructura básica expulsa transporte, desalienta inversiones logísticas y encarece cada operación comercial. Y no puede proyectar turismo cultural, educativo y de frontera si el primer recuerdo del visitante es un neumático roto en medio de la nada.
La Ruta 9 es, además, una autopista invisible para la vida cotidiana: por allí circulan docentes, trabajadores de salud, familias, estudiantes, proveedores, transportistas y comerciantes. Cuando se deteriora, se encarece todo: el flete, el tiempo, el repuesto, el mantenimiento, el costo de mover la economía real. Es infraestructura de nación, sí, pero el costo lo paga la gente del norte.
En ese marco, el intendente Dante Aníbal Velazquez se encuentra en Capital Federal con un dato clave: no se trata de una queja aislada, sino de un problema estructural y documentado. Según se informó, presentará un informe y solicitará gestiones ante legisladores nacionales para exigir una respuesta concreta sobre el mantenimiento y reparación de una ruta que, por competencia, corresponde al Estado nacional.
No es un reclamo nuevo. El Concejo Deliberante ya lo había planteado, y en las últimas semanas distintos referentes que visitaron la zona también advirtieron sobre el estado “pésimo” de la traza. La diferencia es que, mientras se discute, la ruta sigue rompiendo autos, multiplicando riesgos y frenando proyectos.

Porque la Puna no pide privilegios: pide condiciones mínimas. La Ruta 9 no es un camino vecinal: es un corredor nacional, internacional, estratégico. Une Argentina con Bolivia. Es soporte del comercio, del turismo, de la cultura y del desarrollo fronterizo. Y, sin embargo, hoy se presenta como un símbolo de abandono.
En La Quiaca se repite una frase que duele por su verdad: no puede ser que el pórtico norte de la Patria esté postergado. La infraestructura no es un lujo: es soberanía práctica. Y si la Argentina quiere mirar hacia el norte como oportunidad, primero tiene que garantizar lo básico: que el norte pueda transitar su propio futuro sin reventar una rueda en el camino.

